La ciencia demuestra que los opioides no funcionan en el dolor crónico. Apenas alivian el dolor y generan dependencia, tolerancia y efectos adversos.
Dr. Manuel Romero Jurado – Reumatologo; Perito médico y Experto Universitario en Trastornos Afectivos
Durante décadas, los opioides (morfina, tramadol, oxicodona, fentanilo…) han sido prescritos de forma sistemática para el tratamiento del dolor crónico. Se asumía que eran fármacos potentes, eficaces y necesarios cuando el dolor persistía.
Sin embargo, la mejor evidencia científica actual, publicada en el New England Journal of Medicine (NEJM), demuestra algo muy distinto:
Los opioides no son eficaces en el dolor crónico no oncológico.
Y además, su uso prolongado genera más problemas que beneficios.
La gran revelación científica
El NEJM ha revisado los principales metaanálisis y ensayos clínicos sobre opioides en dolor crónico (lumbalgia, artrosis, cervicalgia, fibromialgia, dolor neuropático…).
Resultado contundente:
En dolor crónico:
Los opioides reducen el dolor solo entre 7 y 10 puntos sobre 100.
No mejoran la función física.
No mejoran la calidad de vida.
Después de 3–6 meses, el beneficio desaparece.
Es decir:
El paciente sigue igual… pero con dependencia.
Por qué parecen funcionar al principio
Al inicio producen:
Sedación.
Euforia leve.
Disminución transitoria de la percepción.
Pero el sistema nervioso se adapta rápidamente:
Se desarrolla tolerancia.
Se necesita cada vez más dosis.
Aparece hiperalgesia inducida por opioides: el cerebro se vuelve más sensible al dolor.
Resultado final:
Más dosis → más dolor → más dependencia → menos función.
Riesgos reales del uso crónico
Los opioides no son “analgésicos fuertes”, son fármacos neurológicos con alto impacto cerebral.
Se asocian a:
Estreñimiento crónico.
Fatiga intensa.
Trastornos del sueño.
Deterioro cognitivo.
Depresión.
Ansiedad.
Caídas.
Dependencia física.
Sobredosis.
Trastorno por uso de opioides.
Y cuanto más tiempo:
Más riesgo.
Menor beneficio.
Entonces… ¿qué hay que hacer?
Aquí viene la segunda parte del mensaje del NEJM:
Si no funcionan, no deben mantenerse indefinidamente. Pero retirarlos mal es peligroso.
La tolerancia disminuye al bajar dosis. Si el paciente vuelve a la dosis anterior → riesgo real de sobredosis.
Por eso se recomienda:
Educación.
En algunos casos, naloxona.
Con qué se sustituyen los opioides
No se deja al paciente “sin nada”. Se cambia de modelo terapéutico.
Lo que sí tiene evidencia:
Ejercicio terapéutico.
Educación en neurociencia del dolor.
Terapia cognitivo-conductual.
Psicoterapia.
Antidepresivos neuromoduladores.
Abordaje multidisciplinar.
Lo que no tiene evidencia sólida:
Cannabis.
Ketamina.
Acupuntura aislada.
Fármacos sin estrategia.
El verdadero cambio de paradigma
El NEJM deja una idea clave:
El dolor crónico no es un problema de tejidos, es un problema del sistema nervioso.
Por eso:
No se resuelve con analgésicos.
Se trata reeducando el cerebro.
Se aborda con estrategias activas.
Para qué pacientes es especialmente relevante este mensaje
Este enfoque es fundamental en:
Lumbalgia crónica.
Cervicalgia.
Artrosis.
Fibromialgia.
Dolor neuropático.
Síndrome de sensibilidad central.
Es decir: la mayoría de pacientes en reumatología.
Conclusión clínica
El mensaje del New England Journal of Medicine es demoledor:
Los opioides no son eficaces en el dolor crónico no oncológico. Mantenerlos solo prolonga el problema.
Y el futuro del tratamiento del dolor no está en subir dosis, sino en:
Comprender el sistema nervioso.
Informar al paciente.
Abandonar el modelo farmacocéntrico.
Referencia científica
Lin C-WC, Langford AV. Opioid Deprescribing in Patients with Noncancer Pain. New England Journal of Medicine. 2025;393:1833–1842. DOI: 10.1056/NEJMcp2414789.